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1902064_1408943996022688_1230063328_nCausantes de mis desdichas. Me condenan a la miseria, como si hubiese sido un vil hereje. No brindaban atención a mis motivos. Tanto que hacer con mi querida Florencia. Me las pagarán, esos malditos, aunque me cueste la existencia. Con el ultimo aliento de mi vida, sin importar de que artimaña me tenga que valer.

Época turbia la mía. Perfecta para demostrar, cuan capaz este servidor era, para lidiar con el estado y sus empresas .  Profesar y practicar el arte del buen gobernar. De modo que, mi deseo de que todos los principados de la península se unificaran. Todos bajo un nombre, soberana y autónoma. Mas se me negó el trabajar para dicha finalidad.

La fortuna me favorecía con los Medicis fuera de Florencia. Serví cuatro años en una oficina pública, luego fui nombrado canciller y secretario de la segunda cancillería. Había tomado un rol importante en la república. Discutía asuntos con Caterina Sforza, dialogaba con Luis XII de Francia y persuadía a Maximiliano I en Alemania. Adentrado en el desarrollo de la buena política. Un visionario. Con proyectos para la futura patria. Mas mis anhelos iban desvaneciendo.

Fui despedido por decreto, de mis cargos públicos. La tiranía de los Medicis una vez instalada, reinaba y se manifestaba por doquier. Se destrozó por tanto el proyecto que se iba construyendo con tanto afán y esforzar. Encerados en la oligarquía, una vez más, esa perra que estancaba el desarrollo político de mi ciudad. La ambición de esta familia, era un parásito que devoraba la carne.

Guerras por doquier. Muertes y exterminaciones de grandes ejércitos. Los gobiernos cambiantes con cada amanecer. Nuevas alianzas se daban constantemente. No había estabilidad en nuestro mundo. Todos los estados de la península atentaban el uno contra el otro.

Fui apresado y torturado por una falsa acusación de conspiración.

Habiendo terminado de escribir mi obra mas preciada, la cual era un presente para el duque de Urbino, soñaba todas las noches con un ideal. Esperaba ver en este hombre la ambición de la unificación que tanto anhelaba. Si los principados se convirtieran en una fuerza que trabajaran para los mismos intereses, para un fin en común.

Mas mi libro fue rechazado. Lorenzo carecía de carácter. El despiadado Cesar Borgia a lo mejor, o Fernando el Católico, podían llevar a cabo mi cometido. Tenían las cualidades que un príncipe necesitaba para independizar a mi tierra.

Fue encontrada una lista, conteniendo los nombres de ciudadanos, que se pretendían contactar para organizar un golpe de estado. Mi nombre en esta figuraba, por lo que me ví apresado y torturado nuevamente. Pero esta vez la fortuna me sonrió y fui puesto en libertad.

Agobiado decidí tomar las riendas de mi destino. La necesidad, me guiaba. En una de esas largas conversaciones que tuve con el señor Da Vinci, mientras trabajaba en sus encargos por Florencia, me regalo la receta  del néctar del vigor. Me dibujo tres plantas y me dijo “cuando necesites fortaleza y juventud mas no dispongas de tales, busca estas tres plantas, sácales el zumo y tómalo” . Pareció predecir mi necesitar. Y eso hice,  Salí de mi humilde propiedad en San Casciano,  y emprendí una gran caminata en busca de las hierbas.

Busqué Grandes cantidades de estos arbustos. Las hervía por las mañana, luego tomaba un jarrón de esta agua verde casi marrón.

Comencé a notar un cambios en mí, luego de un tiempo.  Con cincuenta y dos otoños, me vi retoñar. Mi piel se iba encontando mas hidratada y fresca. Mi rostro viril pero suave y hermoso. Mi cuerpo, mis bazos y mis piernas parecían las de un caballo. Me sentía saludable. Erguido. Escapó de mi una sonrisa. ya sabía lo que tenia que hacer.

Mi familia era de origen nobiliario, pero luego de reparticiones de herencias ya no teníamos recursos, no tenia poder. Iba a tener que usar otros medios alcanzar mi finalidad.

La sodomía, era la moneda con la que iba a comprar a mi antojo, y ya tenia en mente quien iba a ser el vendedor. Con la seguridad que tenia sobre la perversión de la iglesia en estas tierras, el papa Clemente VII o como se llama secularmente Giulio de Giuliano de’ Medici, se vería un tanto persuadido.

Río ahora del fraile Girolamo Savonarola, quien predico tan militantemente en contra la corrupción de la iglesia y el pueblo florentino. Aquel quien murió ante las mismas llamas que tanto dio vida para la destrucción de lujos, pinturas, libros y prendas. Alegro ante el hecho de que sus predicaciones no causaran más que su propia muerte, pues eran las sombras las que me transportarían.

Enteré un día que el magnánimo Clemente, iba de visita a la casa de sus familiares en la ciudad. Cuando supe la noticia, me limpié y me perfumé. Puse en mi las mejores vestiduras poseídas, aquellas de mi estancia en servicio público. Contacté a un conocido, que me debía uno que otro favor, tome oportunidad que se encontraba en quehacer dentro de la propiedad de los Medicis y pedí me colara.

Una vez dentro, lo ví. Estaba solo, en los jardines. ¡Maldito! Esta era mi oportunidad. Un tanto nervioso, me le acerqué. No permití que esto afectara mi retórica. Antes de que pudiera hablarle, me vio acercarme y me sonrió pícaramente, como quien agrada de lo que está ante sus ojos. Preguntó quien era. Yo le sonreí. Con gracia luego me presenté. Hablamos por largo periodo. Yo deje que mi elocuencia hiciera su trabajo. Traté de enredarle lo suficiente, como para tratar que se quedara con ganas de más. Hablamos de arte, de política, de la caída de Constantinopla, de las indias. Al cabo de las horas, estaba entusiasmado conmigo. El veneno de mi lengua lo había maldecido.  Mis palabras se habían adentrado en su conciencia. Cuando me iba, me tomo del brazo,  con una  seguridad que solo posee alguien, a quien no ha de negársele nada.  Me dijo que quería verme nuevamente. Yo le dije que sería un placer estar cerca del beatisimo, que estaba encantado con su presencia en la ciudad. Me pidió que volviera hoy en la noche, que se prepararía una cena ostentosa con la familia. Esa proposición era exactamente lo que necesitaba. Este lujurioso hombre, había caído en mis redes. Me despedí y me marche asegurándole que así sería.

Planee por horas mientras caminaba por las calles. Sentía que estaba en un trance. No podía quitar la mirada del piso, ni pensar en algo más. Pasó poco para que oscureciera o al menos así lo percibí. Una vez de vuelta, entré a la casa, la cual parecía una colección de arte.  Cenamos, reímos, bebimos mucho vino y luego que los invitados se retiraran y cada quien se fue a sus respectivos aposentos, Clemente me invito a los suyos. Yo claramente acepté. Me aseguró querer seguir filosofando. Luego que entramos, seguimos hablando de política por un rato, pero Clemente se notaba renuente a escucharme como quien piensa algo muy diferente a lo actúa. Fue entonces cuando comenzó a tocarme el hombro.  Me miró fijamente y Comenzó a desvestirme, sin quitarme la mirada. ¡Maldito!

Sabía que los rumores eran ciertos. Acostumbraba a esto. Me podía imaginar como pervertía a la juventud inocente, a los futuros ciudadanos, a los prometedores guerreros, filósofos y poetas. Hubiera del destino aquel quien se le resistiera a su beatisimo. Se veía muy sereno. Yo le seguía el paso. Sabia lo que quería y Jugué su juego. Me deje desvestir. Solo miraba al piso y pensaba en grandes cosas. Luego se quitó su túnica no tan pura. Una vez en la cama, me besó, yo inmóvil, pero sereno. Tenía una guerra en pleno apogeo dentro de mí. Me acariciaba. En lo único que pensaba era en el cuchillo que tenía escondido en mis ropajes. Me apretaba. Pero me controlé. No perdí el temple ganado. Dejé que Clemente saciara su sed de carne, que la lujuria que lo gobernaba en ese momento me asfixiara.

Una vez satisfecho con mi cuerpo, quedo exhausto y luego dormido.

Mientras reposaba junto a mi el Gran Cerdo, me acorde de las lecturas que formaron los cimientos sobre mi actual pensar. A Dante, Petrarca y Ovidio. Sabia que si destruía a este hombre, el gran pilar clerical que sostenía a la familia Medici, iba a provocar que esta gran casa de tiranos perdiera la mayoría de su poder, y se vieran mas expuestos a las invasiones. Sonreí.

Me levanté de la cama tan suave como la briza de la madrugada. Busqué el cuchillo que traía escondido. Y le atravesé la garganta. Me aseguré de parar el transito de la yugular, como me enseñó el anatomo Da Vinci en una de las conversaciones que acostumbraba a tener con él. Esta pobre bestia, se desangraba sin poder hacer nada al respecto. Me fui como ladrón en la noche y lejos de la ciudad. Me adentré en las montañas, para que no se supiera mas de mí.

Espero que en este escrito, me explique a cabalidad. Espero que mi pueblo entienda el por que quería ver destruida a la Familia Medici. No solo destruyeron mi vida, si no que también paralizaron el desarrollo  sano de la patria. Ningún príncipe fue capaz de llevar a cabo mis ideales, así que tuve que ayudar un tanto. No era un cobarde, pero sabia mis limites, y lo que un gran gobernante necesitaba para triunfar en esta empresa. Hoy en mi lecho de muerte yo Nicolás Maquiavelo os digo: espero poder escuchar en el mas allá que los Medicis Fueron expulsados de estas tierras nuevamente. Que se extienda soberana y orgullosa, erguida sobre las Europas una República, como ninguna otra, que brille bajo el azul celeste del cielo, con cada amanecer.

Tomás G. Michel

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