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1743515_10153795051210142_1479111066_nCansada ya del arduo trabajo de recoger yerbas y más a la avanzada edad de ciento veinte siete, la curandera del pueblo de minas, Alessandra se quitaba su curtido y humilde vestido con olor a monte, mientras miraba las estrellas desde el único cuarto que poseía su choza. Acompañada por una vela a medio gastar, se recostaba en su cama de paja. Una sonrisa se le escapaba de la cara al acordarse de que se reuniría con unas amigas que conoció del oficio hace ya demasiado tiempo, amigas que apreciaba con el alma.

Era siempre muy solicitada por la gente del pueblo, a veces no podía con tanto que hacer. La gente la tildaba de mágica, por lo que en ocasiones, incluso gente de las afueras de Brasil viajaban largas distancias para poder verla personalmente. Sus teses cumplían sus cometidos, ayudaban a la gente.

Hoy fue su ultimo día de trabajo, mañana se retiraba y por eso estaba ansiosa y llena de gozo. Aunque su oficio de botánica, le generaba excelentes remuneraciones y de todo tipo, como para vivir en la decencia, nunca se le vio disfrutar de ellas. De hecho, no se sabía que hacia con el dinero. Se escuchaban muchos rumores de que los tenía guardados en una cajita en la choza, aunque no se sabe con seguridad.

Había venido del monte más aprisa que nunca, pues traías unas plantitas muy especiales. Esta vez se prepararía un te para sí  misma. Se levantó de la cama para sacar un vestido blanco que tenia guardado, unos zapatos viejos de charol y sus medias rojas. Con mucha delicadeza los coloco sobre una banca, mientras aprovechaba las ultimas energías de la vela. Fue entonces cuando se percató que le faltaba una media roja. A la pobre anciana le cambio el rostro  de sosiego a desespero. Fue esquina por esquina en busca de la media. Levantó ollas, abrió cofres, rompió sacos, reviso huecos y grietas. Se pasó una hora buscando la media roja, mas no la encontró.

Alessandra deprimida, y un tanto enfurecida, se sentó al lado de la ventana toda la madrugada. No pudo conciliar el sueño. Una vez llegada el alba, se paró de su silla, se secó los ojos lagrimosos y resentidos. Tomó su escoba, se desvistió de su piel y salió volando. Se podrían escuchar los gritos a lo lejos. Salió molesta en busca de su media.

Tomás G. Michel

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