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ADVERTENCIA: MATERIAL EXPLÍCITO

Las cortinas de encaje, le daban volumen a la brisa. Largas, frívolas y cargadas, como el reinado más largo que había tenido Gran Bretaña. Sentía que era estrangulado, por la misma Victoria y su puritanismo inadecuado y decadente. Colmado de todo el protocolo burocrático en el que tenía que encajar. No podía seguir escondiéndome. ¡ya no más!

Cuando el crepúsculo se apoderó del horizonte, Margot entró a mis aposentos. Sigilosamente, se paseaba con su porte de dama inmaculada, inocente y temerosa. Mostrando cuan culpable era del pecado original. Su pulcro vestido crema, navegaba a compás de sus caderas.  Timoneadas a su vez por un apretado corsé.

Se acercó a mi y me empezó a ahorcar. Yo sonreía. Con la respiración entrecortada y sin moverme de donde estaba parado, arranqué las cortinas. Privaban el cuarto de la poca iluminación del atardecer. Sentía que me ataban. Las tiré al piso con desdén.

Margot retiró una mano de mi cuello para quitarse el sombrero. Luego se quitó los guantes y poco a poco ese vestido, que no permitía que nadie dudara de su honra. Estaba desnuda. Solo tenía una pieza puesta, su corsé.  Ella sabía que me gustaba desmadrarla con el corsé puesto. Le quité sus manos de mi cuello y la tiré al piso, sobre las cortinas. Me quité mi disfraz de duque y me arrojé sobre ella. Ahora yo la ahorcaba con ambas manos. Le mordí sus labios mientras la ahorcaba, luego bajé suavemente hasta su culo arrastrando mi lengua por todo su corsé hasta pasar por encima de su vagina y llegar a mi destino. Ella estaba roja al igual que aquel atardecer.   Se estaba quedando sin aire, así que me quito las manos de su cuello rabiosamente. Se subió sobre mí y empezó a galopearme. Las cortinas nos abrazaban como si estuviésemos en una orgía clandestina. Una de las muchas que organizaban los nobles de Londres.

Me mordió todo el cuerpo. Parecía estar comiendo la cena. Algunas de aquellas mordidas sangraban ligeramente. LLegó a mi pene que al parecer iba a reventar de tantas venas. Lo lamió de entre las bolas hasta llegar al frenillo del glande. Yo le dije que la quería montar como una bestia.  Se movió suavemente, arrastrando las cortinas entre sus piernas hasta que se colocó en cuatro patas. Yo me puse de rodillas por detrás. Se lo entré suavemente. La jodí arrítmicamente con bríos de jovencito. Le halé su pelo riso y castaño que adornaba su cara. De esta forma podría llegar hasta su cuello sin estorbo alguno. La ahorcaba nuevamente. La estrangulaba mientras le daba martillazos tal cual carpintero. Cada vez más viril.  Cada vez más la ahorcaba. Mientras lo hacía sentía unas contracciones y espasmos. Me sentía en la cúspide del universo. Margot estaba roja, no podía verle la cara, pero sentí como temblaba. La sometí a mi yugo monárquico. Su corsé la mantenía erguida, le dificultaba más aún el respirar. Yo sabia que le gustaba.

Al cabo de unos minutos, la ansiedad se apoderó de mí. Comencé a sentir un hormigueo intenso, como si  hubiese arrastrado por un choque eléctrico. Pude ver a Margot sacudirse de un lado a otro, yo apretaba más aún.  Comenzó a gemir fuerte, gritaba de emoción, me tocó mis manos, cuales estaban sobre  su cuello. Mientras yo me venía, ella también. Luego de haber bajado de aquel éxtasis, la solté. Calló como una piedra al piso. Yo me tiré hacia atrás.

Al cabo de un rato, luego de haber recobrado conciencia la llamé, pero no respondió.

Margot yacía sobre las cortinas. Muerta ya. Solo se le podía ver lo blanco de los ojos. Ya no estaba roja como el crepúsculo, estaba azul como la temprana noche.  Miré por la ventana un poco aturdido, la cubrí con las cortinas y pensé, que tenía que deshacerme del cadáver o pondría en riesgo los títulos nobiliarios de toda la familia.

Tomás G. Michel

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