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IMG_1198Ella gritó y soltó la cesta. Las manzanas rodaron hasta sus pies. Gregorio recogió una, la ojeó y luego se la tiro a Abelia. La manzana golpeó su hombro. El animal la empujó contra el piso y la obligo a recogerlas. Después de organizar las frutas en la cesta, temblorosa se fue a la cocina. Tenía que hacer una mermelada. Peló las manzanas, las echó en un envase de vidrio, añadió azúcar y un ingrediente extra. Puso la dulce mermelada en el gabinete.

Abelia era una chica de color mestizo, que se había tornado pálida, con la llegada de Gregorio. Sin embargo, su tonalidad de piel no fue lo único que perdió. Su salud y su felicidad también se habían ido. Al día siguiente, luego de que el monstruo llegara del trabajo, la tomó por el cuello y la llevó a su habitación. Minutos mas tarde, ella salió del cuarto, mareada y chocando con las paredes, con moretones y mordidas por el cuerpo. Se le salían las lagrimas. Logró entrar a la tina y se bañó rápidamente. Con un paño se estrujó duramente.

Quería irse a dormir, pero no en la misma cama que él. El era muy robusto y tosco. Ella prefirió dormir en el piso. Al llegar el amanecer, se da cuenta de cuanto le gusta el día. Gregorio, solo estaba por las noches. Ya este se había desaparecido.

Mientras la noche se acercaba la chica miró hacia el cielo desde la cocina. Le comenzaron a temblar las manos y las rodillas. La puerta se chocó muy fuertemente con la pared. Dio un salto sin darse cuenta. El animal apenas cabe por la puerta. Cada vez que entra la rompe un poco más. Antes de que ella lo viera, ya este la tenia en sus brazos. La subió a su hombre y se la llevó a su habitación.

Abelia sale en peores condiciones que las de ayer. Con su cara de resignación, pareciera que con cada día le quitaran un trozo de vida. Se metió al baño y a su vez escuchó como se rompía un cristal. La bestia gruño y grito su nombre fuertemente. Salió corriendo del baño y vio la mermelada de manzana regada en el piso. Él estaba muy molesto, ya que ésta era su favorita. La manda a ella a recogerla y antes de que la botase, decidió comerse un poco con pan. Se lambió sus garras sucias, la mermelada era su punto débil. Después de haber acabado con toda la mermelada, quedó con los ojos a medio cerrar e inmóvil. Abelia se había olvidado de la preparación que la había echo a esta mermelada. Antes de alegrarse, movió el cuerpo de Gregorio, pero éste no reaccionó.

La chica fue corriendo al cuarto de él y se robó unas monedas. Se quedo mirando la gran puerta, la empujó, logró salir. Estuvo caminando dos días, hasta llegar a una parada. Pagó el pasaje, y se dirigió a la montaña donde vivía su abuela Agustina. Al llegar, la anciana la recibe alegremente. Mientras se daban un fuerte abrazo, Agustina se dio lo temblorosa que estaba su nieta. Esta comenzó el trabajo de la cosecha con su abuela y logra olvidar un poco sus malas experiencias. Agustina la notaba extraña y le preguntaba de su vida, pero Abelia, nunca le contestaba. Ella decidió, que si su nieta había tenido malas experiencias, por más curiosidad que tuviese, no le preguntaría. Vio como sus preguntas le traían tristeza.

Un domingo, alguien tocó la puerta. La anciana le dijo a la nieta, que fuera a ver si era uno de sus clientes. Miraba el atardecer cuando escuchó a su abuela. Corrió hacia la puerta y abrió. Su mestizaje, se había vuelto pálido. Le comenzaron a temblar las manos. Vio una vez mas la oscuridad.

—Lucero G. Michel

 

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