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1002654_646494565404524_21833870_nSu honestidad era ahora mi condena y su transparencia mi veneno. El maldito habló siempre de grandes verdades. Con ayuda del alba arremetía contra mis ojos su infernal cometido y con cada cantar de las aves sonreía ante mi marchitar.

Hace muchos años fuimos una misma carne. Me transportaba a un lugar bucólico como nunca nada ni nadie pudo alguna vez. Me mostraba placeres y me hacia sufrir éxtasis gloriosos cuya descripción debería ser condenada. Mas todo aquello fue un vil y conveniente engaño. Ya solo me reprochaba la cercanía de la postrera. No paraba de hacerme engullir, con la ayuda de la luz del alba cuán glorioso se mostraba ante mi lánguida presencia.

Me prohibía la salida de la alcoba. Era presa de su placer. Mi cabeza solo veía alucinaciones que se negaban a aceptar la realidad. Algunas veces intenté escapar pero el siempre estuvo al lado de la puerta, nunca se movió de allí. No comía, no dormía, no se movía, siempre al pendiente de mí. La vida me llama a través de la puerta cerrada. Muchas decisiones al atravesarla. Solo una de ellas esperando a que yo le tome de la mano. Aquella que me liberaría del suplicio en el que era obligada a subsistir.

No quiero estar delante de él. Sin la vida solo aguardo la miserable muerte. Ya no estoy viva. Aunque Don sol se acerca y toca la ventana fuertemente todas las mañanas, hace tiempo dejo de ser para contemplar mi renacer. Ahora se posaba de su lado. Lo ayudaba fielmente. Mientras la vida se muere me esperan en el horizonte. En aquella Utopía mas allá de mi balcón. La desdicha se escabulle al cuarto pegándome la culpa de todas sus desgracias. No deja de retumbarme la cabeza. Puedo escuchar sus palabras amargas.

Entran los rayos que iluminan el matadero, el cual no se ve tan especial como lo que hay fuera de esa ventana. Veo la vida, el deceso, tragedia, la fracción del amor mientras la perseverancia me empuja hacia la puerta. Aunque ella no podrá, nunca va a poder. Para mí la puerta fue alguna vez una entrada y no más una salida. Veo cómo la perseverancia se hace mas pequeña y queda en un rincón de la habitación. La vida detrás de la puerta envejece mientras la muerte me extiende su mano y se convierte en mi mejor amiga. La veo siempre al ocultarse el Don sol entre las montañas.

Ya hacía demasiados otoños que ese espejo se encontraba en la alcoba. Mucho antes de que fuera mía. Alguna vez combatíamos por belleza, pero ya él me había derrotado. Ese desgraciado espejo dorado, con ramos de olivo tallados en su borde. Era una belleza, con historias transcendentales que contar, la mía será ahora una de ellas. Adiós mi querido espejo, ya que no me permites la salida la puerta, iré a volar con las aves por la ventana. Ahora seré feliz porque mi decrepitud no será más trascendental que mi sufrimiento y hoy decido acabar con la pena.

Lucero G. Michel

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