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No hay régimen que la someta, ni domicilio que  la contenga.

Con las nalgas encaramás como mochila, afana su recorrido por la vida.

Pasea por las calles en busca de un bembé,

que le saque de la quijá una sonrisa

y aunque no anda detrás de marido, si se jocea su comida.

En esas si se aburre se inventa una pelea,

pues así se desquita con el mundo su mala fortuna.

La garganta le sirve de altavoz para su ronco aullido,

la cual alimenta con romo malo diariamente.

Tiene muchos cheles en las canillas, cada uno con historia propia.

Y en sus pantalones salta charcos,

carga un sobrecito de gofio, que le sirve de solemne compañía.

Trementina le tiene miedo a morir achicharada,

por eso no fuma.

Y todas las noches le pide a los santos,

valor, salud, sacarse la loto y en lo que mientras eso llega,

fuerzas para seguir aguantando la mala vida.

Tomás G. Michel 

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