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Doña aurora me despertaba con el auxilio del cantar del gallo

y aunque lejos de ser diligente

esos días vieron en mi espíritu laborioso.

Asistir a la escuela era grato,

estudiar, labor prioritario.

La finalidad de mi día era verte llegar al plantel,

con tu pequeña mochila y tu libro en mano.

Ver tus ojos apagados moviéndose con tu caminar borracho.

Tu preciosa cara que aún llevo presente, aquella

con armoniosa proporciones y cejas tupidas.

Pese a que tan corta edad, poco entendía

del hormigueo que sentía al verte,

no dudaba de su beneficio al afectado,

pues rebosaba en ímpetu de energía .

Cada vez que mostrabas confusión en la clase de francés.

Cada vez que te paseabas por el aula.

Incluso, si salías al  baño,

eran momentos útiles, para no dejar de mirarte.

Ahora, luego de tanto, digiero cuan apetecible me eras.

Por eso prefería estar contigo en el recreo, pues

me embelesaba tu contoneo.

¡Cuanta satisfacción en la empresa de brecharte!

Nunca pasó por mi mente acercarme a ti, hablarte suavemente, besarte.

Era suficiente con lo que me dabas.

Me era grato que en mi depositaras cariño y distinción.

Solo eso ¿Para qué necesitaría más?

Soñaba contigo. Extrañamente, aún lo sigo haciendo.

Que me mirabas de lo lejos, tal cual yo a ti.

Añorando tenerte por siempre a mi lado.

Aunque por una mala jugada de la vida,

nuestros caminos ya no convergen.

Aunque solo formo parte de tu pasado y

tu aún merodeas mi presente.

Serás parte de mis mejores recuerdos,

aquellos que me esforzaré por mantener vivos.

Aquellos, que evocaré cada vez que me sea inevitable,

pues no sé si te vuelva a ver.

Tomás G. Michel 

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