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“Para Kisairis, la más bella de todo el feudo”

El caos es un orden sin decifrar —José Saramago

I

IMG_0562Le despertaron los ladridos en medio de la neblosa madrugada. Ruidos y chasquidos provenían del frente de la casa. Inquieta, se levantó de la cama y se azomó por la ventana. Sigilosa, aún luchando con ojos pegadizos, quiso ver que desordenada la paz del campo, por la rendija entre las maderas viejas. De ese pequeño pueblo de Toscana, del que la fría brisa callaba el cántico de los grillos con cada una de sus ráfagas. Vio la silueta de un hombre envuelto en capas un tanto maltrechas, desmontando sacos de una carreta. Por la forma en que los perros de la casa le brincaban y jugueteaban a su alrededor, supo ágil que era su primo Giuseppe; había llegado de oriente medio. Salió hacia la sala chocando casi con todo a su paso, mas sin despertar ni a su tía, ni a sus dos primas. Forcejeando con la somnolencia y el zigzagueo al caminar, buscó la forma casi sobre natural de encontrar una vela de entre la alacena y prenderla. Se enrolló en una colcha y salió hacia el pórtico. Se recostó de una de las columnas de madera que sostenían la casa, mientras veía su primo descargar los bultos de especias que trajo de su viaje. Habiendo terminado, este jovenzuelo de porte severo, llevó los caballos al potrero. Titubeando de entrar a casa, regresó caminando lentamente, haciendo contrafuerza a los torbellinos húmedos. Llegó frente a Gianna, se quedó mirándola, de reojo, mostrando una sonrisa triste, mientras se mecía del frente hacia a tras impulsado por sus talones. Se sentó en uno de los tres escalones que daban entrada a la cobija del calor hogareño, a los pies de su prima. Esta al verle en condición de cansancio, se sentó a su lado y se recostó de su brazo.

Aunque estuvo ausente durante tres meses, le parecía una infinidad. Con su personalidad burlona y fuera de lugar, Giuseppe le levantaba el animo a todos. Aveces las hacia llorar, pero siempre era perdonado. Era el escudo de las mujercitas de esa familia. Anduvo por un viaje comerciante, junto la tripulación de una modesta embarcación, que operaba en las costas de Calabria. Un amigo de la familia le colocaba en estos largos viajes de burguesía con ganas de influencia y rencilla en contra de la nobleza y se adentraban por el mar negro a efectuar todo tipo de trueques y ventas. Gran parte del condimento a los pueblos del sur era importado por esta tripulación y sus homólogos.

Gianna había estado ansiosa en las ultimas dos semanas por volver a casa de su madre al sur. Le hacia falta pescar en las costas de Mesina, el calor de la sopas de lentejas que con tanto amor le preparaba su progenitora, leer en casa de su amigo Yago —el sobrino de un monje— historias de libros de fantasia a escondidas, y ver los barcos ir y venir en el atardecer. La vida de Toscana en el centro de la península, no era su predilección. En casa de su tía el harar la tierra y recoger habas solo era entretenido la primera semana. La monotonía le ahorcaba y el dolor de espalda por tanto rastrillar la tenía agobiada y con la espalda encorvada. Ella era un espíritu más emancipado.

Al pasado un rato de que ambos se quedaran hipnotizados por la negrura de la noche y la vela se apagara por la incesante ventisca, desistieron de seguir afuera y entraron al unísono, casi huyendo del exterior.

—Nos vamos al sur en una semana como la ultima vez ¿Verdad? —mientras cerraba la puerta— ¿Cuando tienes que zarpar?

—Esta vez no me toca volver al puerto en una semana. Suspendieron las operaciones en los muelles de toda la costa. Creo que será indefinidamente.

—Pues ¿Con quién he de volver a donde mi madre entonces, si eres tú quién siempre me lleva de regreso cuando vas de camino al puerto?

—Gianna, verás, no puedes volver a Mesina —Dijo con una cara turbulenta, mientras se sentaban  en la mesa del comedor estando a oscuras.

—Giuseppe, es enserio. Ahórrate las bufonadas, que no creo sea el momento, ni la hora.

—Algo muy raro anda pasando por ayá abajo. Mientras estuvimos en alta mar, ocurrió un brote. Hay una peste que esta enfermando a todos sin ningún tipo de discriminación. Al volver tropezamos con un panorama doloroso de solo mirar. La gente está asustada, ya millares han muerto. Les están saliendo unas bolas horrorosas por todo el cuerpo. Las fiebres son muy altas; el dolor de esos pobres diablos no tiene nombre. A los fallecidos, le están tirando en fosas comunes en las afueras de los pueblos, para evitar la propagación de lo que sea que es esa desgracia, que para nada se parece a la viruela. Algunos dicen que es un aire contaminado y otros creen que los judíos están envenenando los pozos de agua. Todo esta vuelto un caos y la gente actúa como desquiciada. Los monasterios y las iglesias están abarrotadas de gente con incertidumbre y con familiares enfermos, que buscan una solución divina a su sufrimiento. A algunos han dejado allegados en la calle, por miedo a infectarse. Gianna parece un castigo del mismo Dios lo que se ve por ayá. Toda la ciudad de Mesina está es cuarentena.

—Pero pasaste por casa de mi mamá, ¡verdad! ¿Como está ella?

—Ella dijo que no podías volver. Por ahora no quiere que te arriesgues a enfermarte, hasta que vean que se puede hacer.

Solo hubo silencio. Cada quien fue a su respectiva cama y no siguieron hablando del tema en medio de tanta penumbra, pues no era para nada placentero. Ninguno pudo pegar un ojo esa noche, uno por lo que había visto y otro, por que no podia dejar de imaginar, de reproducir en su cabeza lo contado. No hablaron de lo ocurrido frente a las demás, mas el esfuerzo de encubrir fue muy en vano.

II

A solo días de Giuseppe haber llegado, ya habían rumores de la nueva plaga rondando por toda Toscana. La Peste Bubónica, estaba haciendo estragos en los pueblos del sur. El jinete apocalíptico había sido liberado sobre la tierra. Muchos se habían trasladado al norte olvidándose de todo, familiares, pertenencias, vidas enteras. Temían por sus vidas. Mas no podrían percatarse que traían consigo un silente y perverso polizonte.

Muchos en el pueblo habían ya sido contagiados, aunque estaban en etapas tempranas. La mayoría sabían a que atenerse. Habían pilas de cadáveres por doquier, de todas las edades. Era como el anuncio a la catástrofe. Una expiación, en el que tanto los justos como los malditos pagaban por sus deudas. No había acontecido guerra que causara tal estrago. El aire estaba curtido e irreparablemente intoxicaba el juicio de todos los expuestos.

Guglielma, pese a los rumores, fue al pueblo a seguir vendiendo especias de las que trajo su hijo. Le interesaba el poder tener ganancias extras, que no estuvieran comprometidas con el vasallo dueño de las tierras en que vivían. Por eso dejaba a Anunziata y Gaetana recogiendo verduras junto a su prima que les era de ayuda temporera, mientras ella sometía sus quehaceres mercantiles.

Mientras montaba su Bazar en la esquina de la iglesia San Pío, no pudo ignorar el tumulto de gente que estaba alborotando la panadería que había en la calle principal del pueblo. Se fue acercando mientras dejó sus especias detrás, hasta colarse un tanto entre la muchedumbre que estaba peleando, alborotando y rompiendo todo. Le estaban dando una paliza al dueño. No pudo digerir lo que veía. El pobre hombre se hallaba ahogado en quejidos y moretones, ensangrentado y rodando en el piso de un lado al otro sin poder defenderse. Los linchadores no le tenían mercerd. Vociferaban como su clase de gente eran los culpables que estas tierras estuvieran envueltas en pestilencia, todos estaban de acuerdo en que debían expulsarlos; a todos y cada uno de los judíos. Le saqueaban todas sus pertenencias, mientras su mujer solo lloraba, pues no podia hacer nada al respecto; mas que estar en una esquina orando desesperada, para que sus hijos no vieran dicha injusticia. No respetaban ni la entrada de su casa, y sacaron todo tipo de inmuebles. Robos de comidas, jamones, granos. La completa destrucción a lo que fue una vez un próspero negocio. Guglielma empujó a la gente que le acorralaba al verse apresada por la multitud, pues estaba indignada por la barbarie, y la paranoia que preponderaba en todos ellos. La gente actuaba despota y miserable, sin ningún tipo de escrúpulos.

Se dirigió a su bazaar abierto a medias y se largó a paso rápido de vuelta a su casa.

A mitad de camino, alcanza a ver a Anunziata, su hija menor, llorando y tosiendo al lado de una empalizada, no muy lejos de casa. De la impresión que esto le causó, soltó todo lo que cargaba consigo y fue corriendo desalmada a donde esta estaba.

—¡Mi hija! que te hicieron, ¿Por qué estas fuera de la casa? Te dije que no salieras —Mientras la revisaba de arriba abajo— ¿Donde están tu hermana y tu prima?

—Mami ¿Que le está pasando a la gente? Se están volviendo loca —mientras luchaba con el sollozo, la flema y la obstrucción de la garganta por el llanto.

—¿Que pasó? —preguntó mientras la jaloneaba para la casa.

—Es que Gaetana me mandó a llevarles una sopa de cerdo a los vecinos. Cuando estaba llegando, en la entrada había un niño con su hermanita. Se les veía muy enfermitos y maltrechos; con muchos bubones por todo el cuerpo y estaban asustados. Le dijeron a Don Giorgio que sus padres habían muerto por la peste, que tenían hambre, si le podían dar un poco de comida. Al momento de dárcela, los empujaron a una zanja que cavaron hace unos días ma’, y les empezaron a tirar tierra. El niño le preguntó que por que le estaban tirando tierra a su comida y de ahí me fui corriendo mamá. Don Giorgio y su hijo los enterraron vivos.

Guglielma quedó muda e irreflexiva. Le pasaba la mano por la cabeza a su hija con la vista perdida, mientras apresuraba su caminar, jaloneandola, hasta que llegaron a la entrada de su casa. Cerró todas las puertas y ventanas con seguro.

III

No se sabia de Gaetana y mucho menos de Giuseppe. Gianna, quiso ir al potrero a ver si tropezaba con uno de los dos, que pudiese estar dandole de comer a los animales o algo similar. Caminó hasta llegar a la puerta, tratando de no ponerle atención a los delirios de persecución que estaba comenzando a tener. Abrió la puerta del potrero y vio a su primo. Estaba acostado en un montículo de paja, acolchonado con sabanas. Había hecho como una especie de lecho. No pasó mucho para que este se diera cuenta de su presencia. Con ojos llorosos, se quedó mirándola sin decir nada. Gianna estuvo atónita por cinco segundos. Se le atragantó un llanto, no pudo dar un paso más al frente, no se movía, no podía, mas su respiración se agitaba.

—¡Sal, vete de aquí! — gritó Giuseppe, con temblores de fiebre y voz entrecortada.

Gianna supo. Retrocedió paso a paso, hasta quedar fuera del lugar. Salió disparada corriendo hacia los matorrales, se perdió durante toda la noche.

Caminó por el matorral ahogada en llanto. La sangre de su sangre, ya estaba condenada a la perdición. La noche era aún clara, extrañamente iluminada de estrellas y ligeros destellos de aurora. Detrás de unas rocas comenzó a escuchar unas voces hablando en voz baja. Se colocó oculta detrás y vio a Gaetana con el hijo de Don Giorgio, montando motetes en su carreta.

—¡Gaetana! —esta se viró con ojos desorbitados y con semblante pálido.

—Dios mío prima, ¿Como supiste donde estaba?

—Es Giuseppe, está enfermo —dijo en desasosiego— Pero, ¿Qué estas haciendo, por que estas aquí con tus cosas?

—Me voy.

—No pero ¿Para donde te vas a ir? Es peligroso que salgas de la casa.

—No, he estado planeando esto hace mucho tiempo. Y ahora, no puedo dejar que esta enfermedad me atrape. Se que van a pensar mal de mí, lo se, pero estos tiempos difíciles ameritan astucia. Debo irme prima, debo pensar en mi futuro. Si me quedo aquí moriré, como han muerto muchos y seguirán muriendo más aún. Me voy al norte.

—¡Ay no me dejes! no ahora. Piensa en tu madre.

—No le digas que me viste, te lo ruego. Debo tomar riendas de mi vida. Formaré una familia con el hombre que amo, y que me ofrece una seguridad en momentos de tanta sospecha. Debo salir huyendo, se ha vertido el castigo sobre estas tierras y ahora están condenadas.

Con lagrimas en los ojos, Gaetana se montó en la carreta. Gianna se tiró al piso en berrinche sin fuerzas. La carreta se iba alejando camino al norte y la pasajera mientras abrazaba a su amado el cual no conjugaba palabra alguna, decía adios con gran dolor, uno que no podia ocultar. Poco a poco se hacia más lejana hasta que desaparecer su angustiosa silueta de entre el horizonte.

Al verse en tan desesperada situación, Comenzó a tener espasmos y retorcidas en todo su cuerpo. Sus músculos se contraían involuntariamente. Convulsionaba de manera agresiva. Había sentido miedo, por su familia y por sí misma. Quedó tirada en el suelo, producto del pánico.

La bóveda celeste se avivó cada vez, más hasta crear suaves destellos de luz. Descendieron a la espesura en donde la abatida cándida se encontraba. Se posaron sobre su cuerpo, vectores de luz desde el firmamento, uniendo la inmensidad con una chica desvalida en el medio de la nada. Todo fue incandescente por un segundo hasta desaparecer. Las estrellas perdieron su brillo, la noche fue negra y sin gracia una vez más.

IV

Sintiendo la destrucción de su interior, de su alma y la perdida de su realidad, no tubo reparo que ir a la iglesia. Caminó todo el tramo, arrastrando la vida por todo el campo, hasta llegar a San Pío en el pueblo. Entró con el peor semblante de su vida y se postró ante la cruz. Lloró antes de poder pronunciar oración alguna. Miraba a su alrededor, estaba repleto. Todo el mundo adoraba en desesperación. El aire fresco escaseaba dentro del lugar; transpiraba humedad y calor. Escuchaba el nombre de San Roque, todo el mundo se encomendaba a él. Muchos otros, conjugaban la oración que el mismo papa creo para combatir la peste. Ella solo pensaba en su primo.

Con determinación y rabia se retiró del lugar. Al llegar a la casa, sin decir nada comenzó a preparar una sopa de lentejas. Tomó un balde de agua que puso a tibiar y se fue al potrero. Entró y se colocó de rodillas a la vera de Giuseppe. Le desnudó y con el agua tibia y un trapo, le comenzó a pasar por todo el cuerpo y por cada uno de los bubones que habían aumentado de tamaño en las ultimas horas. Le limpió, con un afecto desmedido. Él no decía nada, la miraba y sonreía aliviado —daba gracias, en que no le habían olvidado— . Le dio a su prima, el beso más sincero y puro que jamás había podido entregar. Luego de acabar, le alimentó. No pasado demasiado, recostó su cabeza sobre el estomago de este paciente, tapándose con su piel. Lagrimeaba, y sin mirar daba sobos con ambas manos por todo su cuerpo.

Levantó la cabeza, los ojos acuosos le obstruían la vista. Se las secó con ambas manos y vio como su primo no tenía una sola llaga en sí. Se tiró hacia atrás sobrecogida. Agitó a Giuseppe de un lado a otro mas este no respondía. Estaba desmayado.

Al mirar a la puerta, en ese mismo instante, Gianna notó tres hombres con ropas ensangrentadas cargado de machetes y palas. Eran de los muchos protagonistas fanáticos de los pogromos de la ciudad. De aquellas matanzas injustas y desposeciones abyectas, pícaros y malditos aprovechados.

Luego de ver la curación del agonizante, le confrontaron.

—¡Bruja Maldita! desgraciada infernal. Por tu culpa estamos pagando, tu herejía hiede por sobre estas tierras. Se ha derramado la ira de Dios sobre nosotros, y ahora nuestras familias mueren sin cesar.

—¡Muerte a la bruja! ¡Por el papa!

—De que hablan por favor, no se que ocurrió no soy nada de lo que dicen.

—La santa inquisición no es necesaria, tenemos la obligación de matarla, vimos como usó el poder del maligno para su beneficio, que la enjuicie Dios. Yo no necesito más prueba.

Dos de los hombres la agarraron por brazos y piernas  y pusieron su cuello sobre un tronco viejo que habia alrededor. Gianna pedía piedad que no le hicieran daño, que no era mala persona. El tercero tomó su machete y le colocó sobre el cuello para medir con precision el golpe, mientras esta pataleaba de terror. El villano, con ambos brazos estiró el arma hacia su espalda, respiró, tomó fuerza mientras apretaba los puños y lanzó.

Unas trompetas se escucharon por todos los cielos, resonaba su eco por las entrañas de todo ser viviente. Asustados soltaron a Gianna antes de poder hacerle daño y corrieron. Esta quedó tendida en el piso, respirando agudamente, mientras veía a su primo. Una vez más se escucharon las trompetas estremecer el suelo con sus vibraciones. Esta se levantó y se paró al lado de Giuseppe. Este despertó y la abrazó, se apretaban fuerte, mientras no entendían lo que ocurría.

—Tantarantán… Tantarantán

—¡Tantarantán!

Eran las ocho de la mañana en el ruidoso reloj. Kisa, se despertó atormentada y sudada de pies a cabeza en su cuarto en algún lugar de San Juan. Sobre su cama posaban libros abiertos y arrugados de feudalismo, evolución de la iglesia católica y las clases sociales. Estaba tarde para su clase de Literatura medieval. Tenía un examen de fin de semestre. Salió corriendo hacia la universidad; rogaba de camino a Dios que la dejaran entrar al salón de clases.

Tomás G. Michel

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