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“Este es el primer artículo —introductorio— de una serie de seis. En esta hilera, se analizará la relación que guarda lo bueno (con sus diferentes interpretaciones) y lo legal, desde diferentes ángulos en nuestra organización social.”

IMG_1194Es imposible no notar como muchas veces, no solo en la actualidad, si no a través del desarrollo de la historia, pareciera que la justicia puede muchas veces llegar a ser injusta (parcializada). Por lo paradójico que esto peque de sonar, la realidad recae en el hecho que bajo el cielo, no hay una sola institución que sea irreprochable; y puesto a la severidad que pudiera representar en nuestro consciente, el examinar como muchas veces lo legal no es honrado u objetivo, es vital que se internalize de una vez y por todas que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Sería entonces incorrecto asumir la ecuanimidad en la escencia de todo un código de preceptos, que por defectos, pudiesen estar más torcidos que cualquier intento “delictivo” de quebrantarlo.

La moral y la ética, son construcciones sociales que se ajustan a una geografía en particular y a un sistema cultural. Esto les hace volubles de naturaleza. De modo que no hay una definición inquebrantable e inexorable para ninguna de las dos, y en las diferentes manifestaciones que estas pudiesen representar, es que yace la formación de una norma que pasa a definir lo justo.

Por lo neutral que pudiesen haber parecido los términos anteriormente mencionados, están muy lejos de serlo y esto por varias razones que han de ser mencionadas en su debido orden. De hecho están viciadas a raíz de muchas vertientes. A modo que la ley del Sharia, el cual es el cuerpo del derecho islámico y basa su formación y praxis del Corán; no será igual en naturaleza ni sustancia, que la constitución de un país occidental como los Estados Unidos, cuyo sistema es laico (creyendo así en la separación del estado y de la iglesia).

A nivel Psicológico, los pueblos rara vez toman una participación activa de cuestionar, pues es más simple ser guiados. En el caso de la ley, muchos la tienen por dada y natural, tal cual si tuviera un plano endiosado. Convirtiendo el acto de objetar equivalente a una blasfemia, ya que se supone y sobreentiende que lo lícito ha de ser bueno. Y nadie quiere ser antagónico a lo bueno, pues lo convertiría de manera automática en malvado ¿Pero que pasa si no es así?

Un buen ciudadano jamás rompería la ley, jamás se convertiría en un delicuente, infractor, malhechor. Pero como todos saben, siempre hay excepciones a la regla, pues no todo lo legal es bueno y no todo lo bueno es legal. No son homologos, no son semejantes, —aunque eso pareciera en la memoria colectiva— nunca lo han sido y dudo que jamás lo serán. De hecho, han habido más veces que lo corrupto ha sido la norma (legal) que lo justo propio a través de la historia ¿O acaso cree usted que vivimos en un mundo justo? ¿Será que todas las personas tienen los mismos derechos? ¿Tendrá todo el mundo acceso a una vida digna?

… Desafortunadamente, no.

El desarrollo de un análisis social hacia lo legal —y no moral— en este texto, no debe ser hecho de manera superficial. Se debe profundizar desde diferentes perspectivas, que nos hagan lograr entender y matizar la relación que guarda lo legal con lo bueno. Es de hecho esta una invitación a reflexionar sobre el ordenamiento al que nos ajustamos. De aquel que formamos parte intrínseca, y que de manera muy estricta nos rige. Uno que define nuestro comportamiento en la vida social y moldea el camino que cada uno de nosotros, opta por recorrer.

Es importante entonces, examinar la mente de las masas y su óptica de lo bueno con respecto a lo legal; de igual modo contrastar con la política y su dialéctica, el ámbito económico y el tan polémico libre mercado, la jurisprudencia con su práctica y por último claro está la órbita religiosa. Será de este modo que se podrá vislumbrar de entre las tinieblas, una comprensión lo más amplia posible de la legalidad de lo bueno.

—Tomás G. Michel

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