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IMG_4151El olor a resina de árbol recién rasgado que despedía su cuerpo, aquel que se intensificaba entre los anchos bucles de su negro cabello —aún más leñoso— era mi contratiempo. Depravaba mi serenidad y postraba ante sí mi cordura. Como si un perímetro de testosteronas ninfómanas se aseguraran de que tal menester se llevara a cabo. Tenía razones de más para avergonzarme al respecto, pero muy bien por ahí dicen, la vergüenza no da de comer; mi hambre no habría de ser estomacal, pero prometía matarme de inanición.

Aconteció que necesitaba verlo con prontitud entre cada intervalo de visita, era totalmente molestosa la espera —pensaba. Más cada vez que lo tenía de frente le servía una taza de indiferencia, que no le quedaba de otra que tomar despacio por lo caliente del recipiente. Sí, quería su amistad y no de forma inconsistente. No temía en dejarle ver las corrientes de nerviosismo, de atracción patológica, recorrer mis vertebras por su presencia. Eran recordatorios como el que le hace un usurero a su cliente para consolidar su deuda; mesuradas, pero cabales. Me restregaban que lo que sentía no era transeúnte, sin duda alguna era una cruz.

No sabría decirle con seguridad que era lo que yo quería de él. Aún intentaba descubrir cual era la afición que me obligaba a ejercer el deporte de visitarle. Al menos estas tenían propósitos que no aparentaban ser triviales: que me devolviera un libro de poemas que le obligué a tomar prestado de primera instancia, ayudarle con uno u otro trabajo universitario con el cual no necesitaba intervención alguna; ya se me acaban los recursos para seguir haciéndolo ver todo casual. Deseaba que él representara algo en mi vida sin derrumbar mis parámetros morales, me empeñaba en que desarrollara el mismo afecto por mí que yo podría desarrollar por él —admitía. Confesaré que se me había vuelto un capricho, uno agridulce, necesario. Me ocupaba más tiempo del pensamiento del que me había prescrito el doctor.

Él tenía colillas de pretendientes de todo tipo, mas se daba el lujo y libertad desencadenada. Podría ostentar lo que quisiera con aquella seguridad de veinticuatro quilates y con sus proporciones vitruvias; estaba consciente de ello. Había desflorado vastos jardines y en sus planes no figuraba un cambio de tareas. Me pregunto si yo significaba algo para él. No estaba en posición de pedir limosna dominguera eso le aseguro. Pero, por que habría de ajustarse a mis incomodos pareceres y a mis puritanismos hipócritas. Yo no lo haría si estuviera en su lugar, no merecía tal pleitesía. Y pese a mi egoísmo había algo que podía oler en su voz y escuchar en su mirada, algo implícito. Era homólogo a aquellas cargas estáticas que habían entre nosotros cuando leíamos teatro vernáculo, aquellas que interrumpían el flujo del pensamiento.

Espero que algo que me satisfaga ocurra. Que él entienda los embrollos que me esfuerzo por crear. No le exigiré que por mi pierda la vida, pero si que le cause dolor el ver deslizarse lagrimas saladas de mi cara. Por el momento, mejor dejo esta tertulia mental, no vaya a ser y me escuche un fantasma garcimarquesino. Ya es hora de volver a casa, amamantar a mi hijo, hacerle de cenar a mi esposo a quién amo, y a seguir viviendo mi vida, hasta nuestro próximo encuentro.

—Tomás G. Michel

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